La segunda quincena de septiembre llegó sin que nos percatáramos. El verano todavía lanzaba destellos del Campamento Federal y su Festival ganado, y las Fiestas del Cristo habían acabado un nuevo año de programa discreto y fuegos de escándalo. Con septiembre comienzan, en general, las ilusiones de un nuevo curso; éste nos deparó, sin embargo, algunas inquietudes.

La ronda solar anterior había sido un cúmulo de retos finalmente solventados; persisten la inestabilidad de un local que no nos pertenece, los consecuentes desbarajustes de horarios, y la dificultad que siempre conlleva dirigir un grupo social tan amplio y variado. Además, se supo que la Coordinación no seguiría: pocas decisiones pueden ser más comprendidas (y temidas) tras unos cuantos años frenéticos. Las Jornadas de Scouters se presentaban, pues, como un intenso cambio de roles.

Pero en La Maresía todo fluyó como en pocas ocasiones fluyen los asuntos de palacio; el golpe del cambio de Coordinación estaba encajado, y las ausencias de scouters del anterior curso ya estaban lloradas y cubiertas: se incorporaban nuevos voluntarios, todos con pasado Aguere (menos Silvia). Durante la tarde y la noche del viernes 19 de septiembre se perfiló el grupo y el programa que encararán esta nueva senda en el viaje del escultismo. El debate fue prolongado aunque suave, sin la borrasca tormentosa de jornadas pasadas, y Félix tomó el relevo de Abraham en tesorería mientras Franka y Pablito asumían la coordinación tras las lágrimas de Elena. El cuadro de scouters se pintó con relativa facilidad. Al día siguiente la piscina acogió el vídeo de presentación, en lo que pudo haber sido también un digno concurso de camisetas mojadas.

En realidad, lo que marca el inicio real de la ronda solar, con todos los lobatos, troperos, escultas y rovers entonando por primera vez sus gritos, es la Acampada de Inauguración. Se esperaban lluvias para el domingo 19. “Tormenta”, decían. Pero se sabe que una inauguración sin una pizca de lluvia no es digna de llamarse por su nombre, y el plan se llevó a cabo: Orticosa, convaleciente aún de un nuevo robo, nos esperaba. El sábado fue plácido, un típico día de muchachos felices. Incluso no hacía tanto frío como el que cabía esperar.

El cielo se rompió de madrugada y soltó miles de truenos y relámpagos, y una lluvia apocalíptica amenazó con arrasarlo todo: su intensidad se multiplicaba horrorosamente al contemplarnos en medio del monte más puro, con su barro, sus charcos y su caos de campeonato. La casa se convirtió en un refugio improvisado y entrañable, como se ha presentado siempre que se la ha necesitado. Se juntó todo el grupo sin necesidad de esfuerzos, y tal y como se tiene pensado que siga unido hasta mediados de septiembre del año próximo. Amaneció.

El tiempo dio una tregua. Pudimos coger aire, desayunar aprisa entre ropa puesta a secar, planificar el almuerzo que parecía desvanecerse, y congregar a todos en el acto comunitario de rigor. Entre un sirimiri benévolo se hizo el homenaje a Elena y Abraham, en lo que se había previsto como un solemne y sincero acto de agradecimiento. La humilde plaquita rezaba: “En realidad nunca se irán del todo, porque quien trabaja para el escultismo trasciende a los recuerdos de cientos de jóvenes agradecidos. Gracias por tan encomiable esfuerzo. SLPS”. Elena volvió a llorar; luego el cielo la remedó, y volvió a llover.

La Maresía nos acogió. Y almorzaron los menos prudentes una paella que supo a gloria bendita, antes de irse todos a sus casas por caminos intransitables, pues en esta isla la lluvia destroza e inunda todo cuanto se le permite. “Esto sí es una inauguración”, pensarían algunos. Y realmente lo fue.